Haro, que es uno de los 300 municipios españoles con título de ciudad, cobra especial protagonismo a finales del siglo XIX cuando se juntan tres ingredientes mágicos:
- La llegada del tren
- La irrupción de enólogos franceses que huían de una enfermedad que había arruinado los viñedos de Burdeos
- La aparición de inversores de la entonces naciente burguesía de Bilbao.
Haro se llenó de prosperidad en ese momento, lo que explica por qué fue una de las primeras ciudades españolas en tener alumbrado público eléctrico, una oficina del Banco de España (sin ser capital de provincia), dos bancos locales (Roig y Etcheverría, además de la Caja de Ahorros del Círculo Católico de Obreros de Haro), un teatro (antes Coliseo y hoy Bretón de los Herreros), una compañía eléctrica (Eléctrica de Haro), una universidad del vino (la Estación enológica), varios periódicos (El Heraldo de Haro, de 1894), un café señorial con espectáculos en vivo y hotel (el Suizo, de 1887) y uno de los restaurantes más antiguos de España todavía abiertos, el Terete, que data de 1877. Su plaza de toros también es de esa época.
Pero Haro, que hasta 1833 perteneció a la provincia de Burgos, tiene una historia más antigua. La ciudad atrajo a los romanos por sus colinas y tuvo la judería más grande de todo el norte de España. Estuvo amurallada en la edad media y muchos nobles, liderados por los linajes López de Haro y Fernández de Velasco, se instalaron en ella entre los siglos XVI y XVIII, lo que explica la abundancia de palacios barrocos, pleterescos y renacentistas que encontrarás en sus calles. Para que los puedas distinguir, fíjate en los escudos nobiliarios y balcones claramente barrocos, la decoración floral en las fachadas de tipo plateresco o las columnas y frontones de las portadas renacentistas.

