
Haro está a tiro de piedra de varios destinos que bien merecen una excursión de uno o dos días. Uno de ellos es Biarritz, que está a apenas 2 horas en coche ya en Francia. Veamos por qué es una ciudad que hay que visitar.
Biarritz, nombre que no está claro si proviene del vasco o del gascón, ha tenido largas épocas de esplendor que permitirían compararlo con lo que hoy son Niza o Saint Tropez, y otras de irrelevancia, más recientes. Lo mejor es recorrer sus calles a partir del testimonio arquitectónico que han dejado los buenos tiempos.
Como resultado de todo ello, en Biarritz se pueden encontrar estilos bien diversos: desde el belle époque con sus cúpulas, hasta el art nouveau con sus curvas modernistas y el posterior art déco con sus líneas rectas verticales y con amplio uso de vidrio decorativo, sin olvidar tampoco el neovasco. Aunque quizás éste último sea menos habitual en Biarritz que en otros pueblos del País vasco-francés.
Los primeros en interesarse por Biarritz fueron los ingleses que habían participado en la guerra contra Napoleón en España, comandados por el duque de Wellington. De regreso a Inglaterra, algunos se quedaron en esta localidad cercana a la frontera y atrajeron a otros paisanos.
Esto explica por qué Biarritz tiene una iglesia anglicana, hoy reconvertida en museo y que en su día fue la segunda más grande de Francia tras la de París. Varias placas en este templo conmemoran la visita de la Reina Victoria (1889) y el rey Eduardo VII (1906).
Fue un militar inglés el que ordenó la construcción de Villa Cristina (1898), obra del arquitecto Gustave Huguenin, que también está detrás de dos edificios muy relevantes de Biarritz: el castillo de Ilbarritz (1907) y Villa Cyrano. Lamentablemente, el principal palacio construido por un inglés, Villa Marbella, desapareció en 1968 víctima de la especulación inmobiliaria. Era un edificio inspirado en la Alhambra de Granada culminado por una cúpula de cristal.
Un poco después de los ingleses se instalan en Biarritz Napoleón III y su esposa, la andaluza Emperatriz Eugenia de Montijo. Como no podía ser de otra manera, su residencia sería la más espectacular de todas, Villa Eugénie, hoy convertida en el Hotel du Palais. Tiene forma de E, primera letra del nombre de la emperatriz y ha sido ampliado varias veces.
Junto a este palacio hay que destacar a la Capilla Imperial, dedicada a la Virgen de Guadalupe bajo el auspicio de la Emperatriz Eugenia y construida por Emile Boeswilwald en 1864 mezclando estilos neorromano, bizantino y morisco. Está decorada con símbolos napoleónicos como águilas, abejas, y coronas y con mosaicos multicolores del Palacio de Alba de Granada.
Siguiendo a Eugenia de Montijo llegan a Biarritz varios aristócratas y monarcas españoles, muchos de ellos huyendo de las guerras carlistas y aprovechando su presencia estival en la cercana San Sebastián. Desde Isabel II hasta el rey Alfonso XIII o la reina María Cristina, pasando por los duques de Osuna, Frías, Tamames y Baena.
Cada uno de ellos se construyó su propia residencia: el duque de Baena se hizo Villa Maitia, con su medallón con la efigie de Pablo Sarasate; Villa Navarra la compraría el propio violinista; el Castillo Javalquinto, de estilo gótico-italiano, pertenecería al duque de Osuna y hoy se ha convertido en la oficina de turismo; y Etchepherdia, obra de Henri Tétard con estilo regionalista neolabordinista, sería adquirida por el armador bilbaíno Ramón de la Sota.
En el siglo XX el cosmopolitismo biarrota se extiende más allá de la Europa occidental y llegan incluso norteamericanos y rusos. Frederick H. Prince, un multimillonario de Connecticut que llegó a tener más de 40 compañías de ferrocarril en su país, se hizo con Villa San Martino, también conocida como Villa El Cabo.
Este edificio de Stephen Sauvestre, el arquitecto que diseñó los arcos inferiores de la Torre Eiffel, es un excelente ejemplo de art nouveau, el equivalente francés del modernismo español. Esto se refleja en los aleros inclinados o en los huecos de fachada que le dan dinamismo. A su propietario, Prince, le gustaban los grandes palacios, pues fue también propietario de Marble House en Newport (EE.UU.).
Hay que tener en cuenta que en los primeros años del siglo XX, los conocidos como locos años veinte, Biarritz alcanza una enorme notoriedad internacional. Hasta aquí llegan modistas, actores o músicos de renombre como Coco Chanel, Jean Cocteau, Igor Stravinsky o Charlie Chaplin. El edificio que mejor refleja esta época es el casino, genial ejemplo de art déco y que en 2019 albergó la Cumbre del G7.
En lo que a los rusos se refiere, su llegada, liderada por el Gran Duque Alexis, hermano del zar Alejandro III, tiene mucho que ver con la revolución en su país en 1917. Biarritz todavía mantiene una iglesia ortodoxa, una calle de Rusia y constantes rumores de que Vladimir Putin tiene una propiedad en la ciudad a nombre de su ex mujer. Sin ir más lejos, Vladimir Ossetchkine, uno de sus más firmes enemigos consta que vive en la ciudad labortana.

De los palacios de esa época hay que destacar a Villa Beltza, que había sido construida en 1882 por el arquitecto Alphonse Bertrand para el empresario parisino Ange Dufresnay con un estilo neomedieval que todavía hoy llama la atención. Su época dorada se produce en los años veinte cuando es transformada en restaurante y espacio para eventos por parte de un cuñado del compositor Stravinsky. Toda la nobleza europea celebraba aquí fastuosas fiestas.
Los buenos tiempos de Biarritz empiezan a decaer con la crisis de 1929 y la creciente competencia de la Costa Azul mediterránea. Muchas residencias van quedando abondonadas y algunas lamentablemente son destruidas en los sesenta y setenta para dar paso a horribles edificios de pisos. El culmen de la crisis de Biarritz llegaría en los ochenta con el terrorismo de los GAL.
