Pradoluengo, el pueblo industrial escondido en la sierra de Burgos

A poco más de una hora de Haro se encuentra uno de los pueblos más sorprendentes de la provincia de Burgos. Pradoluengo no tiene una gran catedral ni un castillo famoso, pero conserva algo bastante menos habitual: más de cinco siglos de historia industrial vinculada al textil. En mitad de la Sierra de la Demanda surgió un pequeño distrito manufacturero que llegó a producir paños, bayetas, boinas y, finalmente, millones de calcetines.

Y lo más curioso es que detrás de este fenómeno no hubo un gran empresario que construyera una fábrica y transformara el pueblo. Pradoluengo se industrializó desde abajo, mediante generaciones de artesanos, fabricantes y comerciantes que fueron acumulando conocimientos y capital. Posteriormente, el dinero enviado o traído por los emigrantes que hicieron fortuna en América dio un nuevo impulso a la economía y dejó también un interesante patrimonio indiano.

Esta historia convierte a Pradoluengo en una excursión especialmente recomendable desde La Rioja: además de recorrer un bonito pueblo de montaña, permite descubrir uno de los ejemplos más curiosos de industrialización rural de Castilla y León.

¿Por qué se convirtió Pradoluengo en un pueblo industrial?

La primera pregunta es inevitable. ¿Por qué apareció semejante concentración de fábricas precisamente en un pequeño valle de montaña?

La respuesta empieza, paradójicamente, por sus malas condiciones para otras actividades. Pradoluengo está situado a unos 960 metros de altitud, en un valle estrecho, con inviernos fríos y relativamente poco terreno cultivable. Si sus habitantes querían prosperar, tenían que buscar alternativas a la agricultura.

La lana proporcionaba una materia prima relativamente accesible y el río Oropesa aportaba otro recurso fundamental. Su agua servía para lavar y teñir tejidos y, sobre todo, proporcionaba energía para mover molinos y batanes.

El batán era una instalación fundamental en la antigua industria textil. Mediante grandes mazos movidos por la fuerza del agua se golpeaban los tejidos de lana para hacerlos más compactos y resistentes. Antes de la electricidad, disponer de un río con suficiente desnivel suponía tener una fuente de energía industrial.

Pero agua y lana había en muchos otros pueblos. El verdadero secreto de Pradoluengo fue probablemente la acumulación de conocimientos.

Una vez aparecieron los primeros fabricantes, surgieron alrededor hiladores, tejedores, tintoreros, comerciantes y trabajadores especializados. Los conocimientos pasaban entre generaciones y unos empresarios aprendían de otros.

Se produjo así un fenómeno que hoy describiríamos como un clúster o distrito industrial: muchas pequeñas empresas especializadas en una misma actividad y concentradas en un territorio muy reducido.

La actividad textil está documentada desde el siglo XVI y alcanzó una dimensión extraordinaria durante el XIX. Hacia mediados de aquel siglo, Pradoluengo llegó a concentrar aproximadamente la mitad de los trabajadores fabriles de toda la provincia de Burgos.

No hubo un único gran industrial

Una de las peculiaridades de Pradoluengo es precisamente que resulta difícil encontrar un equivalente local a los grandes capitanes de la industrialización española. No hubo un Ybarra, un Chávarri o un Comillas de Pradoluengo.

Lo que existió fue una burguesía industrial formada por numerosos fabricantes pequeños y medianos. Los estudios del historiador Juan José Martín García identifican diferentes familias vinculadas a esta actividad, como los González Rabayoye, los de Simón o los Bicheroux.

Un ejemplo permite apreciar la capacidad económica que habían alcanzado algunos fabricantes. En 1842, tres empresarios de Pradoluengo participaron en la adquisición de propiedades que los Cinco Gremios Mayores de Madrid poseían en la cercana Ezcaray. Entre ellos se encontraba Luis Martínez, que recurrió a un crédito de 60.000 reales aportado décadas antes por su abuelo Domingo Martínez de Simón.

Pradoluengo tenía, por tanto, algo probablemente más importante que un gran empresario: tenía empresarios. La competencia entre ellos, la disponibilidad de trabajadores especializados y la transmisión de conocimientos permitió mantener la especialización durante generaciones.

Cuando llegaron los indianos

A esta primera industrialización local se añadió posteriormente otro fenómeno: el dinero de América. Como sucedió en numerosos pueblos del norte de España, muchos habitantes de Pradoluengo emigraron durante el siglo XIX y comienzos del XX. Algunos consiguieron prosperar y posteriormente enviaron dinero o regresaron al pueblo.

Pero en Pradoluengo el capital indiano no se destinó exclusivamente a construir grandes residencias. Una parte se reinvirtió en la propia industria, contribuyendo a modernizar y ampliar las empresas textiles. La huella de aquellos emigrantes todavía resulta visible en el pueblo.

Uno de los nombres destacados es Ignacio Martínez Echevarría, que en 1928 financió el cubrimiento del río Oropesa a su paso por La Glorieta y posteriormente intervino en la reforma de la Casa Consistorial.

También aparece Adolfo Mingo Villanueva, que emigró a México en 1918 y desarrolló allí su actividad comercial tras incorporarse inicialmente a la empresa Zaldo Hermanos. El dinero americano contribuyó así a una segunda etapa de prosperidad y dejó una doble herencia: capital para la economía local y una interesante arquitectura indiana que todavía puede recorrerse.

Entre las familias más importantes de la historia de Pradoluengo destacan los Zaldo, cuya trayectoria resume perfectamente la relación entre industria, emigración y prosperidad local. Bruno Zaldo Rivera (1836-1916) nació en una familia directamente vinculada al textil: sus padres, Vicente Zaldo Marín y Segunda Rivera López, eran los encargados de la fábrica de hilaturas de lana La Nueva.

Bruno emigró joven a Veracruz (México), donde prosperó hasta crear Zaldo Hermanos y Compañía, incorporando a varios de sus hermanos y construyendo una importante fortuna comercial y financiera. A su regreso a España participó en grandes iniciativas empresariales, entre ellas la fundación del Banco Hispano Americano, y llegó a ser senador.

Los Zaldo mantuvieron además una estrecha relación con su localidad natal: ayudaron a otros pradoluenguinos a establecerse en México y financiaron iniciativas sociales como el Hospital-Asilo San Dionisio. Su historia resulta especialmente representativa porque la industria de Pradoluengo creó primero las condiciones para el ascenso de los Zaldo y, una vez enriquecidos, estos devolvieron al pueblo parte de aquella prosperidad.

De los paños a las boinas y de las boinas a los calcetines

La otra razón que explica la extraordinaria longevidad de la industria de Pradoluengo fue su capacidad para cambiar de producto. Durante siglos se fabricaron principalmente paños, bayetas, sayales y otros tejidos. Cuando aquellos mercados comenzaron a declinar durante el siglo XIX, los fabricantes buscaron alternativas.

Llegaron las fajas, las boinas y otros productos de punto. Y finalmente llegaron los calcetines, el artículo que acabaría identificándose con Pradoluengo durante buena parte del siglo XX. El 25% de los calcetines consumidos por los españoles se fabricaban en esta localidad.

Las fábricas y pequeños talleres se extendieron por el pueblo y numerosas familias trabajaban directa o indirectamente para el sector. Pradoluengo terminó siendo conocido como uno de los principales centros españoles de producción de calcetines.

La globalización y las importaciones procedentes de países con costes laborales mucho menores provocaron posteriormente el cierre de muchas fábricas. Sin embargo, la actividad no desapareció completamente.

Todavía hoy se fabrican calcetines en Pradoluengo, fundamentalmente mediante empresas que han buscado competir con productos de mayor calidad, diseño o especialización. Entre ellas las siguientes:

La información actual apunta a al menos estas cinco fábricas/marcas claramente activas en Pradoluengo:

  • Calcetines Mingo. Es probablemente una de las más significativas. La empresa asegura acumular más de 100 años de experiencia y realizar el proceso de producción íntegramente en sus instalaciones burgalesas. Está en el polígono Los Llanos.
  • Calcetines Sademi. Fabrica en Pradoluengo calcetines técnicos, deportivos, medias y perneras, también para otras marcas. Declara más de 40 años de experiencia y mantiene la producción local.
  • Aroca. Empresa familiar con unos 50 años de trayectoria, actualmente gestionada por los hermanos Inmaculada y Juan Carlos. Está especializada en medias y calcetines personalizados y señala expresamente que confecciona en Pradoluengo.
  • MMZSocks, Fábrica de Calcetines en Pradoluengo. Mantiene fábrica en la calle Sagrada Familia y aparece actualmente registrada como industria textil.
    Calcetines mestizaje. Fabrica/comercializa calcetines, especialmente de algodón orgánico y lana merina, y mantiene establecimiento en el propio Pradoluengo.

Por eso, quien quiera llevarse un recuerdo del pueblo tiene una alternativa mucho más auténtica que comprar un imán: unos calcetines fabricados allí.

Diez lugares que merece la pena visitar en Pradoluengo

La mejor forma de conocer Pradoluengo es recorrerlo a pie buscando las huellas de esta historia. No hay un único gran monumento que justifique el viaje. Es el conjunto del pueblo el que permite entender cómo funcionaba aquella pequeña sociedad industrial.

1. La Plaza Mayor y el Ayuntamiento. Es un buen lugar para comenzar el recorrido. La Casa Consistorial también está relacionada con la huella indiana, ya que su reforma recibió aportaciones de Ignacio Martínez Echevarría.

2. La Glorieta. Es uno de los espacios urbanos más interesantes para comprender la transformación del pueblo. En 1928 se cubrió allí parte del río Oropesa gracias precisamente a la financiación de Martínez Echevarría.

3. La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Es el principal edificio religioso de Pradoluengo y una de las referencias monumentales del casco urbano.

4. Las antiguas fábricas textiles. Merece la pena recorrer las calles buscando naves, talleres y construcciones fabriles. Algunas han perdido su función original, pero permiten comprobar hasta qué punto industria y viviendas llegaron a mezclarse.

5. El río Oropesa. Más que un elemento paisajístico, hay que contemplarlo como la infraestructura energética que hizo posible la primera industrialización de Pradoluengo. Su agua movió durante siglos molinos y batanes.

6. Las casas indianas. Pradoluengo dispone incluso de una ruta dedicada a este patrimonio. Las residencias levantadas por emigrantes retornados permiten descubrir la segunda gran fuente de riqueza que transformó el pueblo durante los siglos XIX y XX.

7. El mercado municipal. Construido en 1928, es otro reflejo del dinamismo comercial y de la prosperidad alcanzada por una localidad que tenía una actividad económica muy superior a la que cabría esperar por su tamaño.

8. El Cinema Glorieta. La existencia de un edificio dedicado al cine y los espectáculos constituye otra pequeña sorpresa y recuerda la intensa vida social generada alrededor de aquella economía industrial.

9. La Senda de los Batanes. Probablemente sea el paseo que mejor conecta naturaleza e historia. Permite salir del casco urbano y comprender cómo se aprovechaban los cursos de agua para proporcionar energía a las instalaciones textiles.

10. El entorno del nacimiento del Oropesa y la Sierra de la Demanda. Para completar la jornada merece la pena adentrarse en los bosques y montañas que rodean Pradoluengo. El mismo paisaje que hoy constituye su principal atractivo natural proporcionó durante siglos los recursos que hicieron posible su industria.

Una excursión diferente desde La Rioja

Pradoluengo no puede competir con otros destinos cercanos por monumentalidad. Y probablemente ahí esté precisamente su gracia.

Hay que visitarlo por su historia.

En este pequeño valle surgió hace siglos algo extraordinariamente moderno: una concentración de pequeñas empresas que compartían trabajadores especializados, proveedores, conocimientos y mercados. Lo que ahora denominaríamos un clúster industrial apareció sin planificación pública ni grandes inversiones externas.

Después llegaron los capitales de América, que ayudaron a modernizar la industria y dejaron casas y equipamientos públicos. Y cuando los antiguos paños dejaron de venderse, los fabricantes cambiaron de producto hasta terminar especializándose en calcetines.

Todo ello ha dejado huellas que todavía pueden recorrerse.

Desde La Rioja, Pradoluengo permite además organizar fácilmente una excursión de un día: recorrer las antiguas fábricas, seguir el río que las alimentaba, descubrir las casas indianas, conocer la historia de sus empresarios, comprar unos calcetines fabricados en el pueblo y terminar paseando por los bosques de la Sierra de la Demanda.

Pocos pueblos permiten explicar de manera tan sencilla cómo nace, crece, se transforma y finalmente sobrevive una industria.

Foto: https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3APradoluengo.jpg